Cosas que aprendo bailando

Anoche fui a mi primera milonga. Estaba nerviosa, la verdad.

Fue una experiencia tan reveladora en tantos sentidos que desperté con la cabeza llena de reflexiones y me senté a escribir.

He aquí mi compartir de esa experiencia y todo lo que se puede aprender sobre la vida en una pista de baile.


*Una nota sobre la palabra MILONGA: en el texto la uso varias veces y en los dos significados que tiene. Milonga es tanto un ritmo musical precursor del tango como el encuentro para bailar tango. Entonces cuando digo que "anoche fui a una milonga", me refiero a esto último, y cuando digo "bailamos una milonga", es lo primero.


El primer hombre que me sacó a bailar, Cacho, es, afortunadamente para mí, de los que hacen pocas figuras; amante de la milonga más que de el tango, bailaba sencillo, proponiendo claramente los movimientos y no me costó responder. Me sacó a bailar muchas veces. A pesar de mi inexperiencia le gustó mucho como bailamos.


Después bailé con otro hombre, Matías, mi compañero de mesa, y con él me costó muchísimo trabajo. Matías es más joven y baila más parecido a como aprendo en las clases. Bailamos la tanda completa: tres tangos.

Después del primero, y unos cuantos tropezones, él se esforzó en ser más claro y yo entendí mejor sus códigos y pude hacerlo mejor.

Ya de regreso a la mesa conversamos y me dijo lo mismo que Cacho me había mencionado antes y que también me dicen mi profe y mis compañeros de clase: "eres muy ligerita".


(Me dicen sos muy liviana, en realidad, ellos hablan argentino, yo escribo en mexicano.)


Así que, a pesar de que no pude seguirle tanto, tampoco fue una mala experiencia para él bailar conmigo. Un buen inicio, parece ser, esto de "ser ligera".


Ahora hago un repaso de todo y me doy cuenta que no tiene que ver con mi peso corporal que sí, es evidentemente liviano, soy delgada, pero no es por eso.


No es el peso, es dónde está puesto


Voy a poner de ejemplo algo que viví en la clase anterior a la milonga (dieron una clase para principiantes previo al baile social).


En uno de los ejercicios hice el rol de líder con una mujer muy delgada. El ejercicio era en un abrazo que se llama de práctica: las manos de cada una van en la parte del brazo que está antes del hombro de la otra persona, quien lidera pone las manos por afuera y quien responde por dentro. Cuando terminamos me dolían muchísimo los brazos, como si hubiera hecho un montón de ejercicio, y sólo fueron unos cuantos minutos.


Ella estaba súper tensa (tenía mucho miedo de chocar con otras parejas) y, a causa de esa tensión, todo su peso se descargaba hacia mí. Una mujer que pesa más o menos lo mismo que yo pero que, para bailar, resulta muy pesada.

¿Por qué?


Por su tensión corporal.


Cuando ellos dicen “sos muy ligera” lo que quieren decir es que, a pesar de mis nervios de primeriza y sí, un poquito de tensión como consecuencia, mi cuerpo está relajado, presente, escuchando, receptivo, sin bloquear la energía y que gracias a eso estoy yo misma sosteniendo mi peso.


Esto es muy importante: en la pareja de baile cada quien se hace cargo de su propio peso. Las y los bailarines de danza clásica pueden hacer todas las piruetas que hacen porque están en su centro, responsabilizándose de su peso y su presencia, conectados a su centro de gravedad y a su fuente energética.


No descargo entonces mi peso en mi compañero, no deposito en él, aunque sea el líder, la responsabilidad del baile; yo tengo la responsabilidad de la escucha, de la receptividad. Cuando tenga más experiencia también podré proponer y así el baile en pareja se convierte en un diálogo, pero por ahora, con eso, estar abierta y flexible, está bien.



 

No quieras volar antes de caminar


Me dijo Majo, la amiga con la que fui a la milonga, "podrías ya soltarte a hacer figuras" (esas cosas bonitas que hacen con los pies y las piernas las mujeres que bailan tango), y le dije que no, que necesito sentirme segura en lo básico primero.


¿Para qué querer volar si aún no se cómo caminar bien?


Y esto es literal: lo más importante en el tango es ¡caminar!

Y que sea bello, elegante, seguro, limpio; después ya haré volar mis pies, saldrá solo.


Volviendo a lo del peso autosostenido, este detalle que en realidad no es tal, se lo debo a los años de trabajo con mi cuerpo y mi energía en escena y en el Yoga, y esto me demuestra una vez más que todo lo que aprendemos sirve a todo lo que hacemos.


La santísima trinidad en la pista (y en la vida)


En la última parte de la milonga bailé con Jorge dos tandas, el compañero que más disfruté.

Me dio un bello consejo: "levanta la cabeza y haz lo que sientas".


Yo nunca miro el piso, ni bailando salsa ni en clases de tango pero cuando él me lo dijo noté que, seguro por mi nerviosismo de principiante, lo había estado haciendo toda la noche.


"Escuchá la música"- me dijo Jorge -"tenés muy buen oído, deja que ella te guíe, levantá la cabeza, dejá que ella te diga lo que tenés que hacer, y hacé lo que sientas".

Tal cual. Gracias Jorge, un estupendo y amoroso compañero que me ayudó a recordar lo esencial: bailando somos 3 en realidad, las dos personas en la pista y la música. Ella, en el baile, es Dios. Ella es la que propone en primera instancia, quien guía.


Las dos personas que bailamos vamos improvisando de acuerdo a lo que suena. Si el tango es romántico y suave no andamos a los brinquitos como si fuera milonga arrabalera. Y, una vez que entramos en el flujo de la música, podemos hacer lo que queremos (o podemos, como en mi caso), pero siempre dentro de ese flujo, sin salir de ahí.


Como en la vida y en cualquier otra relación, si te desconectas de la música que va sonando bailas un baile carente de belleza, fuera de tiempo, de ritmo y de armonía.


Cómo arruinar cualquier baile (y cualquier experiencia)


Eso que mencioné antes fue lo que me pasó con Cacho: llegó un momento en que me cansé de bailar con él (me sacó mucho a bailar), todo el tiempo se salía de ritmo, se aceleraba. Hasta la milonga más movidita tiene sus pausas y él no las escuchaba, seguía girando conmigo por la pista, era muy incómodo. Sentía incluso su respiración acelerada.


Además, en su ensimismamiento, se cruzaba la pista sin respetar el sentido del baile, sin considerar al resto de las parejas así que recibí y propiné, sin quererlo y por el descuido de mi pareja, que siendo el líder tiene esa responsabilidad, un montón de codazos y empujones.


Era incómodo y me estaba haciendo quedar mal, deslucirme. No me hacía falta eso en mi primera milonga y empecé a huir de su mirada y me mudé de mesa para que no me llamara y no tener que pasar por la descortesía de negarme a bailar con él. No sólo no escuchaba la música, tampoco tenía en cuenta el entorno.

Y aquí aparece otro nivel donde el baile es igual que la vida: somos yo, mi presencia y mi peso, con la música como guía y mi compañero a quien, sin dejar de ser yo, escucho y respondo; y el tercer nivel, el colectivo, la pista, el conjunto de parejas y cómo entramos a él, haciendo nuestro propio baile pero sin romper la armonía grupal.

Hay un código, y en el tango es girar en el sentido contrario de las manecillas del reloj, se respeta en el afán de que todas y todos podamos bailar bien, seguros. Romper esta armonía tiene consecuencias para todxs: para la pareja y los individuos que la conforman y para las demás personas.




Una nota sobre responder


Responder y no reaccionar.


Una reacción está situada en el pasado, cuando tienes una situación ahora mismo pero responder con los patrones que quedaron establecidos por algo que te ocurrió antes.

En este caso por ejemplo sería como tratar de hacer los pasos que aprendo en clase aunque me estén proponiendo otra cosa.


Responder es siempre en presente, desde un lugar neutral.

Si lo hago, seré capaz de ejecutar pasos que ni siquiera he aprendido aún, sólo por estar escuchando y respondiendo. Esto se llama creatividad, y aplica en la vida de forma idéntica que cuando bailamos.


Muchos aprendizajes en una sola noche


Amo bailar porque las realizaciones vienen a través del cuerpo, que en su movimiento va creando nuevas posibilidades para mis neuronas y, a la mañana siguiente me permite tener estas reflexiones.


Cuerpo que me posibilitas bailar, cuánto te amo y te honro, gran maestro y amigo, gracias por tanto, por enseñarme el baile de salón y también el baile de la vida.


La última (por ahora)


Aprender a bailar es una combinación de salón de clases y de pista de baile.


Estudiar para aprender la lógica, los códigos de todos los niveles del nuevo baile, siempre hay para estudiar y perfeccionar un movimiento.


Y luego ir al salón, atreverse a probar “en la vida real” aunque sea con poca experiencia, a poner en práctica lo aprendido. De a poco, como le dije a mi amiga: primero aprender a caminar y, cuando ya me salga natural, voy por lo que sigue.


Ni quedarse en el puro estudio con miedo de la pista ni querer saltarse etapas.


Pero, una vez que estoy bailando con el compañero en la pista, de cierta manera tengo que olvidar lo que aprendí en clase, debo confiar en que mi cuerpo estuvo asimilando los aprendizajes. Me paro frente al hombre, lo abrazo, respiro profundo, escucho la música, su respiración, la intención que me marca, suelto mi mente, y bailo.


No darle cabida a los discursos de la mente, simplemente estar ahí.

Entrar en la pista con una mezcla de humildad y valentía.

Así en la pista como en la vida, amén.


Mukhia Shanti Kaur

1 de Mayo de 2022


Créditos de fotos

  1. https://unsplash.com/es/@7seth

  2. Itzel Viramon durante Sincronía Kundalini

  3. Itzel Viramon está en Instagram