Quemar las naves


Siempre me ha gustado esta expresión, quemar las naves. Me imagino un grupo de exploradores llegando a un territorio nuevo y prendiendo fuego a las embarcaciones que les condujeron allí, en una contundente expresión de determinación y empoderamiento: ya no hay marcha atrás.

Hay acciones en la vida de las personas que implican esto, deshacernos de aquello que nos llevó a cierto lugar, real o interno, para dar un paso que significa un pleno, una apuesta total por algo diferente a lo que hemos hecho hasta ese momento.

Hay movimientos que nos llevan a un camino del cual no tenemos ninguna referencia. Con este escrito comienzo el mío.


Escribir esto entonces tiene el propósito de marcar la línea de salida (aunque, debes saber, esto no es producto de un impulso, es una decisión meditada, reflexionada y conversada con mi círculo íntimo durante los últimos dos meses) y también el de compartir. Quiero que formes parte de este proceso, abrir las puertas de mi casa y de mi corazón para que puedas entrar, mirar, comentar, compartir. Para que hagas lo que quieras, mientras nos tomamos juntes un té en la sala virtual de este espacio.


¿Por qué quiero compartirlo?

La verdad, no lo sé muy bien. Este nuevo camino se trata, sobre todo, de seguir mi corazón, pero de verdad, sin buscar apoyarme en respuestas inmediatas o anteriores. Así que, como tantas cosas son para mí ahora, no lo sé.

Tal vez esa sea una de mis intenciones: invitarte, al compartir mi experiencia, a que te animes a habitar un poco más ese espacio de no saber, de no querer llenar el vacío con lo que ya conoces, a quedarte rumiando preguntas sin adelantar respuestas, permitiendo que lleguen solas cuando tengan que llegar. Que te quedes un poco más sentadx en tu interior, sin moverte tanto, viendo en que se va transformado tu vida, admirando el proceso, permitiendo que sea. El fuego quema, pero también limpia, purifica, ayuda a metabolizar, reduce las cosas a su esencia.



Lo que voy a hacer es dejar mi casa, mi Casa Flora. Y además, deshacerme de la mayoría de mis cosas. Cuando digo la mayoría, es real, estoy hablando del 95% de mis cosas: desde muebles y electrodomésticos, hasta objetos bellos que la pueblan, pasando por indumentaria, libros, vajilla y todo lo que hay en una casa en la que unx lleva varios años viviendo. Yo estoy a punto de cumplir 7 años en mi Casa Flora.

Y esto es algo profundo, porque soy alguien peculiar con los objetos: de cada cosa que hay en mi casa, pero de verdad de cada una, puedo contarte la historia. Puedo decirte en qué viaje lo compré, a qué ancestro perteneció, quién y cuándo me lo regaló, de que recuerdo fabuloso de mis vida forma parte, etc, etc...

Nada está comprado en una tienda porque se supone que las casas deben tener eso, nada es únicamente útil y práctico. Tal vez con nada estoy exagerando, porque sin duda el refrigerador y la lavadora fueron comprados bajo esta premisa pero bueno, es para que me entiendas, nada más: ni siquiera los platos en los que como, los cuales pertenecían a mi abuela Flora, la abuela paterna que, además, da nombre a la casa.



Cada cosa que veo al mirar cualquier rincón de este espacio me regresa un pedacito de la identidad que he ido construyendo durante los 43 años que tengo. Y eso, que me ha encantado toda mi vida, ahora siento que me limita. Entonces, llegó la hora de dejar todo. Y, si te estás preguntando dónde voy a vivir después, la respuesta es: no lo sé.

Y como no lo sé y tampoco tengo prisa por saber, pues me quedaré un tiempo sin casa, haciendo vida nómada, viajando. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ya sabré, cuando tenga que saber. La respuesta vendrá sola.


Mi cuerpo tiene tanto guardado en su memoria; siempre he visto a los cuerpos como mapas, mapas que cuentan nuestra historia. Soy artista escénica, me he especializado por años en trabajo corporal para la escena, conozco de sobra como, cuando el cuerpo aprende algo, se impregna en las células, y así creamos carreteras y caminos que después nuestro cuerpo solito recorre sin necesidad de que nuestro consciente lo habite. Así aprendemos las cosas que vamos a ejecutar sobre el escenario, para después poder ocuparnos de otra cosa, de crear la ficción, de poblarla de presencia.



Así también pasa en nuestras casas: el cuerpo ya se sabe los pasos de la cama al baño, del baño a la cocina, de la cocina a la sala... Inercia, movimiento automático indispensable que nos vuelve más eficientes y genera ahorro energético, porque nadie quiere estar poniendo la consciencia que debe usarse para resolver un teorema en lavarse los dientes o preparar el mate. Es una cuestión de economía súper necesaria para la vida.


Pero para mí, ahora, es hora de romperla. Quiero desconocerme en esos pasos y aprender otras danzas sutiles con mi cuerpo y con mi corazón. Si quieres una explicación muy sensata de lo que estoy haciendo, pues no la tengo. Es tan sólo una intuición, una necesidad de ligereza y levedad, de dejar de pertenecer a la casa y los objetos y pertenecerme a mí.

En fin, que las palabras no creo terminen de expresar lo que siento, pero tal vez te ha pasado y me puedas entender. Al menos, y ojalá, me puedas acompañar. Te voy a mostrar mi casa y sus rincones y contarte un poquito la historia de cómo la fui armando. Esta casa la soñé durante muchos años, es la plena expresión de quien he sido mucho tiempo. Y luego la voy a ir desarmando, buscando nuevos destinos para cada objeto y guardando tan sólo unas poquitas cosas que decidiré en el proceso.


Escribiré, grabaré videos, te invitaré a tomar tés a la distancia y a quedarte con alguna de mis cosas si quieres. Es mi propio ritual, mi hoguera simbólica, y te invito a la ceremonia. Vamos a ver qué pasa. En qué se transforma, en quienes nos vamos transformando.


En esta casa amada me sembré a misma, me planté. Y crecí y di flores, frutos y semillas. Es hora de podarme y dejar que el viento lleve mis semillas ¿a dónde?


Mi cuenta de Instagram, en la que seguramente estaré compartiendo más cosas de este proceso, es @mukhiayoga


¡Gracias por permitirme compartir!!